En unos días publicaré algo de lo que hemos estado haciendo Dío y sus padres. Pero quería dejar dicho algo para algún lector que caiga aquí y busque razones para educar en casa.
La escuela puede ser óptima para muchos niños, quizás para la mayoría. Si no, seguramente no seguiría existiendo. Pero todos tenemos derecho a tomar las riendas de nuestras propias vidas. Al igual que no trataríamos de obligar a nuestro vecino a seguir nuestro plan educativo, nuestro vecino no tiene derecho a decirnos qué plan educativo tiene que seguir nuestro hijo. Cualquier persona en su sano juicio sabe que una coacción así sería un delito. Si además tratásemos de obligar a nuestros vecinos a entregarnos a sus hijos durante la mitad de los días de su infancia, seríamos acusados de retención ilegal y secuestro, como poco.
Hay mucha gente que piensa que el tamaño del Estado cambia esta situación. Otros opinamos que el comportamiento público debe seguir los mismos principios que el comportamiento privado, y que el hecho de que sea la comunidad de vecinos, o el barrio, o el Estado, o la Unión Europea, o la ONU quienes pretenden forzarnos, no cambia la situación. Hay principios de concordia y principios de sometimiento. En el mundo hay respeto y hay abuso.
Yo no creo que el Estado español sea un ente malvado, ni que la sociedad de la que somos parte esté dominada por la imposición al prójimo. Ante la educación doméstica, percibo interés, aprobación, respeto o indiferencia, y casi nunca reprobación. El estamento público tampoco nos amenaza con cárcel ni destierro, nos deja bastante tranquilos y pone sus enormes fuerzas en la lucha constante contra peligros reales.
Sin embargo, quisiéramos que, en base al respeto mutuo, reconociera por Ley el derecho fundamental a la educación de nuestros hijos, tal cual reconocen muchos de los países de nuestro entorno.
De modo que si a nuestros hijos les imponen una religión,un idioma, una ideología política o una dieta de las que discrepamos, sin permitir otra opción, les podamos sacar de la instrucción ajena y guiarles según la propia.
De modo que si padecen los males de una socialización forzada, el abuso, la humillación y la burla, podamos hacer legalmente lo que podemos hacer por derecho natural: ejercer de padres y sacarles del infierno.
Y de modo que si discrepamos de la idea totalitaria de que los hijos son de la comunidad y no de sus familias, podamos todos, quienes queramos, ejercer nuestra discrepancia, y educar a nuestros hijos sin temor.
Estoy seguro de que nuestra sociedad puede reconocer este derecho, mayoritariamente.  Para lograrlo, invito al lector interesado a ejercerlo, y hacerlo ver a los demás, hasta ser suficientes.
Está en nuestra mano.
Antonio Soria, padre de Dío, Madrid capital.

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